El cazador cazado

Los recientes entrenamientos le habían ayudado a mejorar su táctica de acercamiento y sabía que gracias a ellos esa mañana encontraría la víctima perfecta. Esta vez buscaba a un individuo con un talento extraordinario, alguien que cuando le convirtiese en un exiliado, su ausencia hiciese hundir con mayor rapidez el sistema.

El mundo se regía por las aptitudes de su sociedad: cada sujeto nacía con una capacidad que era imposible de manipular genéticamente, imposible de desarrollar si no te había sido designada.

Pero él poseía un don un tanto peculiar: el de controlar la mente de los demás, infundirles miedos e inquietudes que les hacían perder esa habilidad por la que eran imprescindibles para el ciclo de producción. Formaba parte del grupo de los segadores, temidos y evitados por el resto de la población.

En una era en la que todo fluye, en el que la sociedad está perfectamente organizada y es productiva, se requiere un desequilibrio, una pieza que haga que falle el mecanismo, que sean necesarias nuevas habilidades, nuevas personas. Que la vida cambie, que la población tenga un miedo, que sepa que puede haber un final.

Y ahí es cuando comenzaba su papel en la partida pues su día a día se basaba en buscar aquel perfil que se debía aniquilar. Lo cierto es que era fácil encontrar una presa a la que desplumar de todas sus virtudes, pero no era fácil ganarse su confianza para que abran su mente para ti.

Su modus operandi generalmente se basaba en un encuentro fortuito en el que él servía de ayuda a su víctima. Con un par de encuentros conocía todos sus gustos, descubría su pasado y entendía su función en el ciclo. El proceso de desposesión era más arduo y lento, pero siempre eficaz. Una vez finalizado, aquel sujeto pasaba al exilio pues sin un don, no existía cabida para él.

Descendió con paso acelerado las escaleras del edificio de la sede central y comenzó a pasear por las calles de la ciudad. Tras un rato, decidió sentarse en una terraza de una concurrida plaza y observar, buscar una mente brillante. Entonces reparó en una joven chica que miraba desesperada hacia todos lados. Continuó analizando la escena y vio como ella corría hacia un pequeño que miraba asombrado a un pintor que inmortalizaba con su pincel el ambiente de la plaza.

Se levantó para acercarse a ellos y unirse a la conversación que ahora mantenían con el pintor. Parecían hermanos con una importante diferencia de edad. La chica alagaba al pintor comentándole la buena elección que había hecho con los colores de su lienzo, cómo captaban el aura de ese día. Para integrarse apoyó su opinión y lanzó una oferta al señor para adquirir su obra tras ser finalizada. La chica le miró sorprendida, quizás ella había pensado hacer lo mismo. Empezó a maquinar la jugada para colarse entre sus pensamientos, pero mientras la chica continuaba hablando, él notaba un bloqueo, algo que le impedía cruzar la barrera entre los dos.

Quería saber cuál era su don, quería saber qué podía conseguir de ella. Aunque sus mecanismos no estaban dando sus frutos, podía sentir su bondad y alegría de esa simple charla.

Se enfocó más en ella, aisló todo el ruido del entorno, dejó de escuchar el tintineo de su voz, dulce y acompasado. Lo intentó una vez más y de nuevo ese obstáculo. Una más y otra más. Nada. No podía oír sus pensamientos, no podía descubrir sus miedos.

Pero entonces miró a su lado y vio como aquel niño continuaba observando el trabajo del pintor. Su rostro se había ensombrecido y ni siquiera pestañeaba. El segador volvió a mirar el cuadro y se percató que el pintor había comenzado los primeros trazos para incluirles a ellos en la escena. Reconoció su figura, de frente a la de la chica. Sólo había una sutil diferencia: el pintor había dibujado un contorno negro con algunos matices rojizos alrededor de su figura.

En aquel momento el niño fijó su mirada en él y abrió los ojos aún más si cabía. Se acercó lentamente, como si midiese cada paso hasta reducir la distancia entre ellos. Tiró de la manga de su chaqueta obligándole a agacharse y entonces le susurró al oído:

– Sé lo que eres, sé lo que intentas. Pero esta vez no lo vas a conseguir.

La chica cruzó su mirada con la de ellos y sonrió. El segador sintió como aquel niño le daba acceso a la mente de su hermana, un acceso que había denegado hasta ese momento para protegerla. Reconoció entre los recuerdos de la chica a ese niño cuando sólo era un bebé. Estaban a punto de designarle su virtud y todas aquellas personas con bata blanca no paraban de mirarse asombrados.

El segador entendió que había sido cazado y que en aquella mañana en la que él buscaba encontrar a su víctima perfecta, él se había convertido en la mejor presa.

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Plan de huida

Mi vida es dura, al igual que la de un pavo en Acción de Gracias o la de un cordero en Navidad. Pensaba que vivir en México me salvaría esta vez, dado que tienen otros gustos y adornan sus cementerios con calaveras. Sin embargo, mi familia de pega americana me compró hace unas semanas porque según ellos quedo monísima en la entrada junto al perchero hasta que llegue el día. No me preguntéis, yo tampoco lo entendía.

Aunque no tardé en hacerlo, al poco tiempo supe que mi vida corría peligro. Los humanos celebrarían otra de esas festividades inútiles que usan como excusa para no tener que trabajar, hartarse a comer y disfrazarse para ser otra persona por unas horas. Y del lugar de donde viene mi familia, es costumbre usarnos para homenajear esta celebración. Porque ellos no piensan en el sufrimiento ajeno que estas fiestas generan.

Puede que creáis que mi día a día es aburrido, viendo las horas pasar junto a un perchero. Lo cierto es que tengo un mundo interior muy extenso y sólo con eso, mi existencia ya tiene sentido. Así que no, no quiero morir.

Llegaba el momento de idear un plan de huida: lo bueno de tener a un perchero como vecino es que significa que la puerta está cerca. Y otra ventaja para mí, dicha puerta tiene gatera así que sólo tendría que rodar tres escalones y sería libre. He de decir que después de esta parte, mi supervivencia seguiría colgando de un hilo.

El calendario de la cocina marcaba la fatídica fecha de mi muerte: 31 de Octubre. Ya no me quedaban más pipas que llorar. Cogí impulso y rodé hasta la salida, intentando esquivar malos golpes que pudiesen hacerme papilla. Nada más alcanzar el jardín de la casa, noté la lluvia mojando toda mi superficie. Genial, ayuda para derrapar.

Pocos derrapes tuve tiempo de hacer ya que al girar la primera esquina, me crucé con mi madrastra. Yo me hice la muerta, ella me miró extrañada y me recogió del asfalto.

– Pero… ¿qué haces aquí? ¡Si hoy es tu día!

Sollocé. Mi día… Pues sí, mi día había llegado. En aquel quirófano que ellos llaman cocina, me destriparon y rajaron sin ningún tipo de piedad.

El día de mi muerte pasaría a la historia como el día en el que una calabaza casi sobrevive a Halloween.